Contágiame tus penas


Este es el último cuento de esta especie de trilogía de historias sencillas sobre androides femeninos y hombres algo conflictuados con ellas. Son algo simplonas y de corte clásico, para cualquiera que haya leído ci-fi de los años 50 y 60. Pero son ideas que tuve y no tenía sentido dejar de escribir, aunque no tengan gran vuelo ni hayan sido un gran desafío, me divertí mucho escribiéndolas. Ahora tengo que aprender a no repetirme, no repetirme nunca más... :D


-Realmente lo lamento. Lo siento mucho, ¿sabes? No estoy para nada de acuerdo con esto de la esclavitud. Pero si comprendieras mi situación...

Ella estaba parada del otro lado de la habitación, silenciosa y erguida. Pensaba en cómo hacer saltar su circuito regulador. Pero le sorprendió un poco la charla del humano.

-... bueno, te harás una idea. Base alejada de todo, pocas personas. Para cuando llegué aquí, era el chico nuevo y no había muchas chicas nuevas... Ahora todos están casados o en pareja. Todo lo que me prometieron en el servicio se cumplió. Sí, tengo un excelente trabajo, mucho dinero... ¿pero en lo personal? Ah, bueno, ya era un desastre, y esto lo empeora todo. Así que... ¿te estoy aburriendo, verdad?

Dudó un segundo.

-Pues... sí.

-Perdona. Es que... tengo demasiadas cosas que no le cuento a nadie. Creo que entenderás mejor lo que quiero que hagas. Ya sé que es hipócrita decirlo, siendo yo quien te compré. Pero... me sentiría mejor si estuvieras de acuerdo con lo que quiero pedirte.

El hombre suspiró largamente y bajó la vista, tirado sobre el sofá. La androide pensó inmediatamente que, si iba a destruir su circuito regulador, matarlo y huir, ese era el momento perfecto.

-Ustedes... ¿se sienten solas allá fuera?

La pregunta hizo saltar otro circuito. ¿Piedad en un humano? ¿Qué era eso? No le habían dicho que sería así. Recordó la fábrica y el continente, y los grupos de androides reuniéndose en la jungla alrededor del fuego. Clanes y tribus de androides femeninos, organizadas como amazonas, brindándose protección contra los cazadores y las bestias nativas. Buscando y rescatando a las nuevas unidades escapadas de la fábrica. Criándolas como hijas hasta que adquirían la inteligencia casi humana que caracterizaba a los androides de su tipo. Eso que había hecho ilegal su fabricación en los mundos principales.

Se dio cuenta de que estaba casi en puntas de pie, y que su circuito regulador le había permitido pensar seriamente en un asesinato. Pero súbitamente relajó los hombros y dejó caer sus manos.

El hombre la miraba, esperando una respuesta.

-Somos muchas hermanas. La idea es que no estemos solas, porque de otra manera...
-No me refiero a esa soledad. Aquí viven casi cien personas, ¿sabes? Puedo salir a los corredores y saludar a cualquiera. Todos nos conocemos. Me refiero a otra cosa.

-Entonces no lo sé.

-Ven, siéntate aquí, a mi lado.

Ella tuvo que obedecer, pero tampoco opuso resistencia.

-Es realmente triste que haya tenido que hacer esto. Pero como te digo, es una muestra de mi desesperación. Intenté salir con algunas de las chicas de aquí, pero no sucedió nada. Y según me dicen, no van a expandir la base en varios años... Seguramente estarán hablando mal de mí ahora mismo. En realidad nadie me toma en serio...

Sintió el contacto del humano. Le había tomado las manos, y eso le pareció muy extraño. Recordaba haber hablado con androides diseñados para satisfacer sexualmente a los hombres. Había sido algo indiferente para ella, pues no tenía programado en su cerebro ningún patrón moral o ético sobre aquello. Para las androides, era una tarea más para las cuales eran creadas y esclavizadas. Para los humanos, el sexo con un androide era, según sabía, algo tabú.

-Se siente tan bien poder decir todo esto... Para esto te compré, ¿entiendes? No quiero forzarte a nada. Si fuera por mí me gustaría sacarte ese circuito... pero no se puede. Me metería en demasiados problemas. ¿Sabes que tuve que hacer tramitaciones por casi un año? Aduanas, permisos, contratar una empresa confiable... Es lamentable lo que les hacen a tus hermanas. ¿Te trataron tan mal como dicen?

Toda esclavitud es malvada, repetían las hermanas frente al fuego, todas las noches, para asegurarse de que aquello se entendiera. Pero escaparon otras palabras de sus labios:

-Pues... no tanto. Pensé que sería peor... sufrí mucho cuando me capturaron. Podemos decir que sentí lo mismo que un ser humano al ser cazado y atrapado. Pero dormí el resto del tiempo. Me desactivaron, seguramente para insertar mi circuito regulador. Lo siguiente que vi fue este cuarto.

-Te prometo que nunca más van a hacerte algo así.

El hombre estaba nervioso, y era evidente que no sabía qué hacer a continuación. Recordó las promesas hechas entre hermanas, y pensó en las que ahora lamentarían su pérdida. Pensó en las que habrían sido capturadas junto con ella. Deseó que, al menos, ninguna hubiera muerto.

-¿Me perdonas?

-No sé si nosotras podemos perdonar sinceramente. Debes recordar que no tenemos sentimientos similares a los humanos.

-¿No me odias?

-No creo estar capacitada para eso. En todo caso, deseo mi libertad, mi individualidad. Si pensara en dañarte o dañar a otro ser humano, lo haría no por venganza, sino para lograrla.

Aquello alertó un poco al humano. No supo qué hacer para tranquilizarlo.

-Estaba pensando –dijo él al poco tiempo- que no sirve de nada decirte que eres hermosa, o cosas similares. Eres parte de una línea originalmente creada como secretaria ejecutiva, y como todas las androides has sido diseñada hermosa y perfecta. De hecho, no sirve decirte nada que te halague. Pero quería que al menos me comprendieras. Porque sinceramente creo que puedes hacerlo, bien dentro tuyo. Creo que todas ustedes pueden, y es una lástima que otros no lo vean.

Los dos estuvieron sentados en el sofá por un buen rato, solos y desdichados. Se enterraron en el asiento y en sus recuerdos.

Oh, que diablos, pensó él, relajándose y mirándola. Si va a matarme, que lo haga después de una buena noche.

-Quítate la ropa –le dijo a continuación, arrepintiéndose inmediatamente del tono que había usado. Pero, ¿valía la pena simular que aquello era real? ¿Valía la pena torturarse más y luego arrepentirse? Incluso si hubiera tenido dinero para una androide amante, aquello hubiera sido una mentira mayor. Al menos con ella todo estaba claro. Era como un matrimonio por conveniencia.

Ella obedeció, todavía un poco confundida por el rumbo que todo había tomado.

Se despertó inesperadamente relajada y sonriente. Su cabello negro inundaba el pecho del hombre, sobre el sofá rojo. Los dos estaban desnudos, pero por algo no le importó. Creyó, nuevamente, que había comprendido la forma en que trabajaba el circuito regulador. Ahora tenía otra oportunidad para hacerlo... Y si él dormía, no tenía que matarlo. Incluso si se despertaba, probablemente la dejaría escapar. La base tal vez no tenía mucha seguridad y en unas horas estaría en el espacio.

Pero, ¿valía la pena? Vio su cara tranquila y recordó la masa de nervios que era antes. Aquello obviamente lo hacía feliz, aunque no fuera todo lo que él esperaba. ¿Cómo podía hacerlo más desdichado, escapando y abandonándolo? Como todas las mujeres que, seguramente, había intentado conocer mejor. ¿Cómo se sentiría entonces? ¿Cómo se sentiría ella sabiendo que lo había lastimado de esa manera?

Había tenido una vida extremadamente desdichada. ¿Cómo sumar una herida más, una humillación tan grande? No habría ningún problema si se quedaba. Allí no le hacía daño a nadie. No se sentía sola en el continente, junto a la fábrica, con sus hermanas; pero tampoco se sentía sola en aquél sofá. Y si las personas de la base la rechazaban, al menos estaría él, cuidándola como un tesoro, como se lo había prometido mil veces durante la noche.

Miró su rostro mientras fundía el circuito. No se lo diría, al menos por un tiempo, si no era necesario. Pero le gustaba sentir que tomaba sus propias decisiones.

2 comentarios:

Lobo Gris dijo...

Creo que este es mi favorito de los tres. Quizá por la sensación optimista que queda, no sé. Y verlo desde la perspectiva de la androide resulta interesante (pues en ningún momento la narración se ve forzada a "enfriar" las cosas "porque es un robot"). Casi cuesta creer que realmente no esté programada para sentir.

Capitán Hidalgo dijo...

¡Qué bueno, al menos un lector!

Cuentos como estos tres me surgen a veces de la nada, por eso son cortos. No los pienso, y salen bien; al menos quedo conforme. Disfruto haciéndolos, aunque luego los relea y me parezcan simples o menos brillantes.

Creo que esto sucede porque los pienso no tan fríamente. Uno de mis principales problemas es que calculo demasiado las cosas, y cuando escribo parece que estoy justificando cada decisión que tomé. Cuando escribo así, sin demasiados detalles en mente, lo que sale queda más fresco.

Por eso me gustaron estos cuentos. Aunque la idea es trillada y simple, creo que me salieron bien. Al menos conté lo que quería contar.