Éramos tan pocos...

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y quedamos menos.

Ayer miércoles me enteraba, apenas despertarme, de la desaparición de la Fundación Kauffman, tienda online que desde hace años venía abasteciendo a muchos de libros y otras cosas.

He conocido a Alex Werden gracias a Internet desde hace tiempo, y por él y por todos los que han quedado huérfanos de rol, me siento profundamente apenado. Más, todavía, si tenemos en cuenta la situación que ha llevado al cierre del sitio.

Espero sinceramente que en un futuro cercano esta iniciativa resurja y ya no vuelva a caer más.

Malparida y la destrucción de la política

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Mi madre ve telenovelas. A la noche, cuando no hay nada potable en el cable, o cuando Bones, NCIS, Dr. House o cualquier otra serie de investigación comienzan tarde, ella se engancha con una, aunque sea mala y la deteste. Luego la mira hasta el final, aunque sea una mierda. Luego, ve la que sigue.

Gracias a Dios, cada tanto hay algún producto inteligente, como Los exitosos Pells, y ninguno sale herido en su dignidad. Pero es la excepción.

Así fue que recientemente tuve que ver muchos episodios de Malparida, el bodrio televisivo del año 2010. Interpretada por Juanita Viale, nada más ni nada menos que la nieta de Mirta Legrand. Es vox populi de que esa fue la única razón por la cual obtuvo el papel: el árbol que está en la puerta de mi casa es mejor actriz que ella. Cero lenguaje corporal, la misma entonación en cada frase (sea amenazas de muerte, seducción, miedo, etc.), cero de carisma, etc. Ni tetas tiene, para que no digan que "sin tetas no hay paraíso" (en este caso, televisivo).

La cosa (no me animo a darle nombre) parecía de todos los errores de producción habidos y por haber. Era un rejunte de personajes inverosímiles tomando decisiones totalmente ilógicas (como ir a un descampado para hablar con la persona que ya trató de asesinarte una vez!!!), actores y actrices de niveles muy diferentes (los más viejos zafaban), argumentos absurdos, exagerados e imposibles, personajes secundarios que iban y venían sin sentido cuando el rating caía (como la policía que interpretó Carolina Peleritti), escenas de sexo que no tenían sentido, etc. etc. Todos los ingredientes para ser un éxito en la TV argentina. Sí, fue un éxito.

Mientras tanto, una obra mucho mejor, como era Caín y Abel, era cancelada para poner... Gran Hermano. Cierto que yo tampoco me pondría a ver esa novela (a esta la respeto y le doy nombre), llena de mafiosos malísimos y buenos buenitos. Pero técnicamente era buena, y tenía todos los buenos actores y actrices que la otra no tenía, como Luis Machin (Mr. "Tapa a Gosca"), Federico D'elia (Los Simuladores) y Luis Brandoni (ya perdí la cuenta). En resumen, actuaciones muy buenas, guiones creíbles y personajes interesantes. En un arrebato de genialidad y locura, los guionistas se las arreglaron para matar a casi todos los personajes en el episodio final, acelerando un cierre. Posiblemente en connivencia con los actores, a los que tampoco les debe haber gustado nada la situación.

Pero más que profundizar en la cuestión técnica y narrativa, en donde hay toneladas de cosas malas para contar, quiero ver la parte ideológica de esta cosa, la cual se parece a muchas otras cosas que veo en estos días.

Para eso me remonto a las novelas que Suar y su productora, Polka, emitieron allá por la década del 90 y principios del 00. Novelas que muchos criticábamos por la publicidad "encubierta" (los personajes se paraban al lado del cartel de 20 metros de un supermercado, ángulos forzados para mostrar los productos que el personaje compraba). Novelas que tenían actores a veces toscos, o de madera, y personajes planos y predecibles, vacíos e interpretados por actores encasillados.

Pero también, y eso se aprecia a la distancia, novelas con historias. Cierto, las estiraban como chicle, pero generalmente con buenos resultados a nivel narrativo. Y fundamentalmente, eran CREIBLES. Eran historias de barrio, de cosas que nos pasaban a cualquiera de nosotros, combinadas con lugares comunes (el amor imposible entre el chico pobre y la chica rica, el boxeador alcohólico y pendenciero que quiere redimirse, los opuestos que se atraen, etc.).

Justamente por ser historias de barrio, por estar cerca de la gente, tuvieron tanto éxito. Y también porque, generalmente, terminaban bien. Con esfuerzo el boxeador volvía al triunfo y a la sobriedad; el chico se casaba con la chica a pesar de los problemas. Eran historias pequeñas, de a pie, que mostraban los sinsabores de la vida cotidiana y daban una cuota de esperanza. No la del tipo que lo logra todo o salva mundo, sino la esperanza chica, de todos los días, del que consigue un mejor trabajo, se arregla con la novia, etc.

"FOX se convirtió en canal porno tan lentamente que no nos dimos cuenta", dice Marge Simpson en un episodio memorable. FOX, para los que no sepan, es la cadena más de derecha en EEUU, lo cual no la salva de poner programas pavorosos que violan la dignidad humana de solo verlos, incluyendo todo tipo de realities aberrantes.

Más o menos así fue el cambio en la televisión argentina. De esas historias chicas y conmovedoras fuimos pasando cada vez más a las que tenemos ahora. Producciones muy malas en lo artístico, y peor, nocivas para la salud democrática.

Lentamente, los argumentos fueron mutando. Ahora el malo no es el vecino que pasa chismes o que delata al protagonista enamorado de la chica equivocada. Ahora es el mafioso, pero no cualquier mafioso. Es el narco o el empresario corrupto que tiene TODO el poder. Puede comprar con un llamado a una seccional de policía entera, a un senador o a cualquiera. Puede comprar sin pestañar la empresa del "héroe" y fundirla. Puede matar gente con múltiples testigos y quedar impune, puede inventar un crimen y endosárselo a cualquiera. Y sin que nadie pueda tocarle un pelo.

En una cosa anterior, llamada Valientes, el malo de turno, interpretado perfectamente por Arnaldo André, se dedicaba a matar gente como quien casca un huevo para hacerse una milanesa a caballo. El personaje era tan absurdamente impune que podía matar a una persona a tiros, dentro de su casa, con parientes y empleados mirando y/o escuchando, para luego ocultar todo (de hecho, lo hizo dos o tres veces). Y nadie se acuerda de nada. ¿Qué mensaje transmite esto?

Es así como llegamos, luego de varias gradaciones, a Malparida. Al comienzo, solamente era mala en el sentido técnico, ya comentado. Renata, el personaje de Viale, deseaba vengar a su madre, la cual se había suicidado (supuestamente) al ser traicionada por un rico empresario, Lorenzo Uribe. Ambos escondían su relación y él había abandonado al hijo que tuvieron, lo cual precipitó a su madre en la depresión. El plan de la "antiheroína" era seducirlo y casarse con Lorenzo, para luego decirle toda la verdad y matarlo. Pero claro, la que renegaba del amor se encuentra con el hijo de su objetivo, Lautaro, y comienza entre ellos una atracción clandestina, un tira y afloje que genera el conflicto principal para una asesina despiadada y sin escrúpulos, enceguecida por la venganza.

Pero luego viene una subtrama que se come casi toda la cosa, alargándola monstruosamente. El hermano perdido del Lorenzo aparece; se trata de un empresario sin escrúpulos y aparentemente sin límite de extracción en su tarjeta de crédito, porque puede comprar absolutamente lo que sea y a quién sea. Hasta tiene un apodo igualmente absurdo: "El Almirante".

Tal vez uno de los puntos más bajo de la novela fue el robo descarado de una escena de Eyes Wide Shut (Ojos bien cerrados), en la cual uno de los personajes se introduce en una fiesta en donde todo tipo de personalidades y celebridades dan rienda suelta a su decadencia enfundados de vestidos exóticos, ocultos sus rostros con máscaras de carnaval. El Almirante es la cabeza de una especie de logia que organiza ese tipo de eventos para sus iniciados y seguidores, muchos de ellos políticos y empresarios. Los que no cooperan con él luego son extorsionados con videos tomados por cámaras ocultas, en donde se revelan sus infidelidades.

El Almirante, así, se convierte en una especie de semidios que todo lo puede. Rapta y encarcela a la protagonista varias veces, torturándola de maneras absurdas. Incrimina a su hermano Lorenzo en crímenes y delitos de todo tipo, luego de tomar control de su empresa con maniobras sucias. Borra evidencias, anula pruebas policiales o las inventa de la noche a la mañana. Extorsiona a testigos, desde familiares hasta políticos.

Renata mata impunemente a su padre, a la esposa de Lorenzo y la mujer de Lautaro (para quitarla del camino), y a dos personajes secundarios más (sin que las autoridades logren meterla en la cárcel como se merece), mientras su cómplice Gracia asesina a un cura a tiros e intenta asesinar a Lorenzo varias veces (finalmente lo logra).

Renata triunfa de manera absurda como muchos héroes planos y vacíos, esta vez movida por valores negativos en lugar de positivos. Sin embargo, la figura del Almirante es el colmo de todo, y encarna algo más. Encarna la loca fantasía, compartida por muchos, de que el mundo está dirigido secretamente por una conpiración de "otros": judíos, comunistas, banqueros, extraterrestres o cualquiera que se ponga en el camino.

En el contexto argentino de hace varios años a la fecha, este tipo de fantasía es más peligrosa que nunca. Con las instituciones vaciadas de confianza popular, con números estatales que nadie cree, con un reclamo constante de seguridad que no se cumple en ninguna de sus aristas (no se construyen cárceles, no hay policías entrenados, no se mejora el sistema jurídico, etc. etc. etc.), con toneladas de denuncias y rumores (a veces fundados) sobre corrupción sindical, militar, jurídica, política y estatal, con una desconfianza total en el sistema político porque "todos son iguales, para eso ni voto", la aparición de personajes como El Almirante es como una bomba atómica.

¿Qué hacen los medios al establecer como posibles personajes tan absurdos como este? Hacen que el público se acostumbre a ellos y reparten la resignación del tipo que hace cola durante 16 horas para sacar un número para hacer su DNI. Si ya muchos creen que hay incontables hechos de corrupción, más o menos coordinados, más o menos referidos a las mismas personajes, el siguiente paso es transmitir la sensación de que ya nada importa, que nada se puede cambiar porque esa gente es demasiado poderosa. Justamente es lo que pasa en la ficción: los personajes primarios y secundarios intentan todo para dar a conocer los delitos y crímenes de los malos de turno, pero no logran ni siquiera victorias pírricas. Una y otra vez, el personajes es tan poderoso o maquiavélico que saca un as de la manga y vuelve todo a su cauce "normal".

Es cierto: seguramente El Almirante caerá al final de la novela. Pero en el camino muchos han sufrido secuelas y muchos han muerto. Y si los éxitos de los protagonistas de las series de Polka eran pequeños y creíbles (salvar de la quiebra un kiosko de barrio, recuperar el amor de tu novia, etc.), el de las novelas de ahora suenan más a cuento de hadas. Porque en la realidad, los personajes como El Almirante (es decir, los que el público en general referencia como corruptos) nunca van a la cárcel: como mucho deben renunciar y reclicarse en otro trabajo o puesto político. Es así en la realidad y/o en la creencia popular, justamente porque el sistema vigente legitima esa creencia (en el mejor de los casos, hacen falta varios años para que un político corrupto realmente quede preso, y luego no es más que uno de muchos).

Al final, todo deriva en un negocio redondo para los medios. Más allá de si consideramos que la inseguridad es una sensación o una realidad, estos medios, los mismos que le compran el contenido a las productoras, venden escándalos. Vende más una noticia que indigna que una que dignifica. Vende más el que un político corrupto hasta la médula salga libre por un tecnicismo, que el que un humilde ciudadano lo haya enfrentado y puesto ante la justicia. Igualmente tiene más éxito una novela sobre corruptos que ganan que una sobre gente de barrio que hace sus vidas enfrentando las dificultades del día a día.

Es decir, los medios terminan reproduciendo esa sensación que luego venden.

¿Y la política? Pues obvio, nada bien. Vamos a seguir pensando que es todo mi mismo, si nos venden lo mismo desde diferentes ángulos. La gente seguirá pensando que es inútil enfrentar a los poderosos cuando hacen algo malo, y así iremos a peor. Y entonces sí la realidad será parecida a estas ficciones.


PD: los dos nuevos bodrios infumables de la TV argentina, El Elegido y Herederos de una venganza, tienen "argumentos" que incluyen una logia que maneja todo desde las sombras. El Elegido, según cuenta mi madre, tiene cosas bastante robadas a El Código Da Vinci, ya que la logia está relacionada a cuestiones eclesiásticas y un cuadro misterioso. Se ve que de nuevo se puso de moda copiar.

Libros diferentes

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Cuando uno compra muchos libros, a veces suceden cosas inesperadas, pero totalmente lógicas desde el punto de vista estadístico.

Algunos libros vienen con detalles; otros con defectos.

El primer caso que me tocó presenciar fue el de una copia de El hombre ilustrado, de Ray Bradbury. Un pariente mío tiene una librería. Su principal problema reside en que el depósito es pequeño y siempre tiene problemas con el stock. Hace unos años alquiló por un tiempo un local cercano para utilizarlo como depósito temporal, y yo ayudé en la mudanza. Como parte de pago, me dejó llevarme algunos libros que no coincidían para nada con el target de dicha librería, o que simplemente estaban ahí tirados. Fue así que volví con varias joyitas, como una gramática del latín de la década del 70 y una edición bilingüe de Julio César, de Shakespeare, de la década de 1950, encuadernada en tela.

Otro de los libros que me traje fue justamente El hombre ilustrado. No pude leerlo en el momento, pero grande fue mi sorpresa, tiempo después, al descubrir que las hojas saltaban. Todo va bien de la 1 a la 34, pero la siguiente es la 115; sigue derecho hasta la 146 y luego regresa a la 67. Lo más gracioso es que las páginas insertadas fuera de orden no faltan más adelante, sino que se reiteran en el orden correcto; así luego de la 114 está la 115, etc. Lamentablemente, las páginas perdidas no están en ninguna parte, así que quedan menos cuentos para leer.

Más adelante compré una hermosa edición de Perceval, de Chretién de Troyes, con sobrecubierta a todo color, tapa dura y hermosas ilustraciones a color y blanco y negro en cada capítulo. Por cuestiones de tiempo no lo abrí en el momento; casi un mes después descubrí con horror que tenía también errores de impresión y encuadernación. Afortunadamente siempre guardo los recibos y pude hacer el reclamo; afortunadamente también todavía tenían en stock el libro (seamos sinceros, quién compra ya libros de la saga artúrica que fueron escritos hace siglos?). El ejemplar que tengo ahora está en perfecto estado y ahora, al recordarlo, tengo ganas de volver a visitarlo.

De estas dos experiencias saqué rápidamente la costumbre de hojear cada libro que compro, y revisar principalmente la secuencia de las páginas, para evitar la experiencia de El hombre ilustrado. Hasta ahora no he encontrado ni comprado ningún otro libro con ese tipo de errores.

Un caso diferente fue el de El retorno de la Sombra, tomo correspondiente a la Biblioteca Tolkien. Revisaba religiosamente cada tomo apenas llegaba, justamente por lo anterior. Fue así que descubrí que, luego de la página 32, ese tomo en particular repetía esas mismas 32 páginas, pero de cabeza, para luego dar paso a la página 65. De no ser por el faltante de páginas, no hubiera tenido problemas, pero hice el reclamo. Quedé muy conforme porque la operadora tomó rápidamente todos los datos y me aseguró que iban a enviarme una copia nueva con el siguiente envío (dos semanas después). Supuestamente debía darle al cartero la copia defectuosa para que él me diera la nueva, pero en ese momento olvidé comentarle el asunto y él me entregó el paquete de todas maneras. Así que todavía tengo la copia defectuosa, oportunamente puesta de cabeza para diferenciarla de la buena. No me da el corazón para tirarla, y no he encontrado nadie que pueda quererla.




Pero la palma se los llevan por lejos los libros intonsos. Hace mucho tiempo, compré una edición de Stalingrado, de Theodor Plievier, que tenía mal cortados los pliegos que componían las últimas dos páginas. Tuve que cortarlos para poder leer el final, con infinito cuidado y dolor.

Esta anécdota pequeña me lleva a la más grande. Tiempo atrás (estoy seguro de haber contado esto en uno de mis blogs, pero no encuentro la entrada), mi hermano me llamó por teléfono para avisarme de que en una librería céntrica estaban vendiendo antiguos libros de historia militar a precios ridículos. Me leyó los títulos de algunos y, como tenía dinero, le pedí que comprara al menos uno, el más interesante, el que alguien podría arrebatarme. Más adelante iría a mirar el resto.

El libro en cuestión era El principio y el fin, de Adolf Galland (también traducido como Los primeros y los últimos). Una edición de EMECÉ de 1955, con tapa blanda y fotografías en blanco y negro insertas, con traducción al castellano de la Fuerza Aérea Argentina (Galland estuvo en esos años como consultor) bajo supervisión del autor.

Pero claro, un pequeño detalle. No sólo no están cortados los pliegos en sentido horizontal, lo cual dificultaría mucho la lectura pero la permitiría en parte. Hay pliegos enteros que además están sin cortar en sentido vertical.

Básicamente, para poder leer el libro tengo que destriparlo, ya que no se trata de un defecto de algunos pliegos, sino de todos. Algunas páginas, por diferentes razones, han sido cortadas con cuidado, pero posiblemente el dueño original no se animó tampoco a emprender la larga cirugía.


Detalle de algunas de las páginas.
El 90% del libro está en este estado.


Así que ahí está, sin leer. En algún momento conseguiré, calculo, una edición correctamente encuardernada, posiblemente más moderna, del mismo libro. Mientras tanto, sigue ahí, querido y amado, pero sin ser tocado. Ah, y ahora, curioseándolo de nuevo, acabo de redescubrir dos extrañas fotografías, supuestamente tomadas en la época, que el antiguo dueño olvidó ahí, al lado de un Stuka en picada.

Las cosas de los libros antiguos que tanto me gustan.


Me siento solo

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En estos días, con menos ocupaciones, de vacaciones y con menos frenesí creativo, han aparecido muchas pequeñas ides. Algunos cuentos para terminar, otros muy cortos que se hacen en media hora, guiones de tres o cuatro páginas, revisiones, relecturas. Un poco de todo.

Lo cual alimenta las ganas de escribir, pero no termina de saciarla.

Con el tiempo, sin embargo, me di cuenta de que lo que me molesta es el hecho de estar todavía empantanado en ciertos aspectos. Se bajaron de mis proyectos, al menos momentáneamente, varios dibujantes, y cuesta mucho reemplazarlos. Me encuentro de nuevo como estaba hace uno o dos años.

El rol, ese refugio oculto, esa Arcadia siempre prometida y nunca conseguida, pues... Se me da y se me quita, y demuestra finalmente que es exactamente eso: un lugar idílico que no existe. Sigo sin poder dirigir, sin poder jugar, sin encontrar grupo para nada. Conozco muchos juegos que me gustaría jugar y desarrollar, pero no hay nadie que me acompañe.

A eso se le suma que todos los proyectos que tengo en mente para este año requieren tiempo y sobre todo, colaboración. No puedo hacer el playtesting yo solo. Ese gran problema se arrastra desde 2008, con juegos como Maldición de Sangre. Para peor, las ideas que tengo me superan como individuo, ya que quiero delegar la maquetación, por ejemplo.

El otro día tuve la inspiración final para un juego que planeo desde hace poco más de dos años. De pronto las reglas se me presentaron, así como van a quedar (bueno, más o menos). En un rato las garrapateé en un archivo de texto... ¿pero qué voy a hacer con eso, aunque sea algo breve?

Para colmo, para cerrar, hace tiempo que SAS ya no es lo que era. A pesar de que ahora tengo más tiempo para leer y opinar ahí, apenas veo temas que me interesen, y por eso no digo nada. Mucha discusión sin sentido, y también, mucha discusión que se hace pelea, me parece. Los que aportaban más siguen estando pero, no los culpo, tal vez ven lo mismo que yo y están igual de desanimados.

En fin, no sé. Sigo adelante con lo que puedo. Lento, pero seguro. Dibujantes hay a montones, es cuestión de encontrarlos. Gente que me ayude con el rol... están más ocultos y posiblemente hay menos, pero conozco algunos que ya se ofrecieron. Es cosa de organizarse. Lo bueno de estar solo es eso... uno difícilmente se ve traicionado.

Fortuna

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Cuando era niño me di cuenta de que me faltaba en la mano la línea de la fortuna. Entonces agarré la navaja de afeitar de mi padre, y ¡zas!... me hice una a mi gusto.

Corto Maltés a Pandora Groovesnore, en La balada del Mar Salado.